Hay fiestas que no solo se celebran: se sienten. La Magdalena es una de ellas. Durante estos días, Castellón se llena de luz, música, pólvora y tradición. Las calles cambian, el ambiente se transforma y la ciudad recuerda sus orígenes. Y, como no podía ser de otra manera, en la escuela también hemos querido vivir esta fiesta tan especial.
La Magdalena tiene su origen en la fundación de Castellón. Según cuenta la tradición, hace muchos siglos las personas que vivían en el cerro de la Magdalena decidieron trasladarse a la plana para fundar la ciudad en el lugar donde hoy se encuentra. Este momento histórico se recuerda cada año con la Romería de les Canyes, uno de los actos más representativos de las fiestas. Por eso, la Magdalena no es solo una celebración: es también una forma de recordar de dónde venimos.
En la escuela hemos querido acercar esta tradición a la infancia a través de la experiencia. Porque las fiestas se comprenden mejor cuando se viven con el cuerpo, con los sentidos y con la emoción.
Uno de los momentos más simbólicos fue nuestra pequeña romería. Salimos al patio y realizamos un recorrido juntos, recordando ese camino que tantas personas recorren cada año durante las fiestas. El paseo terminó en la ermita de la Magdalena, una pequeña ermita hecha a mano que habíamos preparado previamente. Llegar hasta ella convirtió el recorrido en un momento muy especial, lleno de curiosidad y emoción.
Otro día muy esperado fue el dedicado a la vestimenta tradicional. Muchos niños y niñas acudieron a la escuela con la camisa negra y el pañuelo azul y blanco de la Magdalena. Ver el aula llena de estos colores tan característicos de la fiesta creó un ambiente muy especial, como si una pequeña parte de Castellón hubiese entrado en la escuela.
La creatividad también tuvo un papel importante con la creación de gaiatas para el concurso familiar. Las familias se implicaron con entusiasmo elaborando propuestas muy variadas y originales. Algunas tenían luces, otras estaban hechas con materiales reciclados y otras destacaban por sus colores y detalles.
Después dedicamos un tiempo a observar todas las gaiatas con atención. Cada una tenía algo especial que descubrir. Tras esta observación realizamos una votación que tuvo un significado importante para todos. La gaiata ganadora recibió como premio un cuento, un pequeño reconocimiento que llenó de ilusión a la familia participante.
La mascletà tampoco podía faltar en nuestra semana de Magdalena. Para recrear ese sonido tan característico utilizamos botellas rellenas con diferentes materiales. Al golpearlas contra el suelo se generaban ritmos intensos que recordaban al ambiente festivo de estos días. Fue una actividad llena de energía que despertó mucha curiosidad.
También realizamos una propuesta creativa relacionada con la tradición: la elaboración de roscos de Magdalena con pasta de sal. En este caso no se trataba de cocinar para comer, sino de crear un elemento decorativo. Amasar, dar forma al rosco y decorarlo permitió experimentar con las manos mientras conectábamos con uno de los símbolos más conocidos de la fiesta.
Durante toda la semana la escuela se ha ido transformando poco a poco. Entre todos hemos decorado los espacios con masclets, dibujos de gaiatas y la ermita de la Magdalena, creando un ambiente que nos recordaba constantemente que estábamos celebrando algo importante.
Y, por supuesto, la música de Magdalena nos ha acompañado en muchos momentos del día, llenando el aula de alegría y manteniendo vivo el ambiente festivo.
Al final, lo más bonito no ha sido solo lo que hemos hecho, sino lo que hemos compartido. Porque las tradiciones tienen sentido cuando se viven juntos. Y ver cómo la escuela y las familias se implican para transmitirlas a la infancia es, sin duda, una de las formas más bonitas de mantenerlas vivas.